Yo fui quien, hace tres años aproximadamente, canalizó una madrugada que el cigarro (el fumar) no expresaba emociones de abandono o desamor con respecto a la madre sino al padre.

 

“Un día él se fue por tabaco y no volvió.” 

“Tu padre se hizo humo…” 

Son frases grabadas ya en el inconsciente colectivo. 

 

Te haya abandonado tu padre o no, toda percepción por parte de una niña o un niño, de falta de amor, reconocimiento o protección por parte del padre puede, entre otras consecuencias, crear una adulta o adulto fumador de lo que sea. Allí está el adulto, parado desde su infancia herida, fumando a papá, buscando integrarlo con él o ella emocionalmente. Siempre desde la carencia, desde lo que ya no fue ni será.

 

Bien, se supone que una vez que hacemos consciente la situación y nombramos las emociones viene el paso más difícil: actuar en consecuencia. En este caso: dejar el humo, dejar de fumar, repito: LO QUE SEA.

 

¿Qué pasa cuando alguien ya ha hecho luz de esa sombra y aún no puede dejar de fumar?

Puede ser que aún siga en la inercia del programa que traía, que sienta miedo a qué pasará cuando ya no fume o que simplemente no desee dejarlo. Pero no voy a extenderme hoy en esto.

 

Esa madrugada entendí de un golpe cuántico mucho de mi propia infancia. Me levanté, bajé a la cocina, me serví limonada y me quedé parada mirando por la ventana hasta que el sol alumbró mi jardín. Pasaron por mi mente miles de situaciones, como fotografías. Lo comprendí todo.

 

¿Qué hice luego? Encendí un cigarro. El primer cigarro desapegado de papá, así lo bauticé. 

Y me dije: “Desde hoy, si seguís con el cigarro, es porque querés, nada de culpas a papá.” Y así fue.

 

Luego de esa canalización comenzaron a venir a mí muchas reflexiones sobre el tabaco, sobre el fumar. Hoy quiero compartirles una de esas.

 

Era a finales de agosto, del año 2019. Ya había despachado mi equipaje en el aeropuerto de San Salvador Bahía (Brasil) para regresar a Buenos Aires luego de pasar un mes alucinante en una isla perdida. Me quedaba aún más de una hora para pasar al área de embarque y como todos los que fumamos, salí a esperar afuera. Llevaba un vestido negro muy largo y suelto, unas chanclas con brillitos y una especie de pañoleta rosada porque siempre pero siempre me hace mal el aire de los aviones. El pelo atado en un nudo, una mochila y una pequeña cartera cruzada color “green Kelly” en la cual no entra más que un paquete de cigarros, un encendedor y el pasaporte.

 

Busqué un rincón donde apoyarme, alejándome de las puertas que abren y cierran incansablemente, tratando de absorber en mi piel esos últimos minutos de aire cálido ya que en mi destino me esperaba un invierno crudo.

 

Lo más tranquila estaba. Tenía una botellita de agua y había logrado sentarme en una especie de cantero con palmas muy bonitas. Mientras el viento me abanicaba observaba llegar taxis, camionetas, buses… gente llegando y gente partiendo…

 

Nadie se detuvo a verme, yo me sentía invisible.

 

Recuerdo estar mandándome mensajes con el delivery de sushi en Buenos Aires para, luego de un mes, llegar y tener una cena especial en casa. Muy concentrada estaba hasta que unos gritos me sacaron del menú de rolls y niguiris. Era una pareja con tres niños, la mujer le gritaba al hombre, pero no pude entender qué le decía ya que hablaban en portugués. Los tres chicos caminaban con cara de “otra vez lo mismo” y el desgraciado en cuestión parecía un hijo más, asentía con la cabeza como diciendo “sí, mamá.”

 

A partir de esa escena me quedé atenta a los que pasaban. Hombres en traje caminando apurados, más familias disfuncionales, turistas argentinos a los gritos (“Ricaaaarrrrdooo ¡Te dije que agarres vos este bolso!”) grupitos de azafatas con demasiado maquillaje, trajes baratos y pantimedias horrorosas de esas que jamás combinan con la piel de la persona. En fin, un desfile de… personas en modo avión.

 

Noté, en ese momento, en ese rincón y al lado de esa palma, que el cigarro en estos tiempos donde ya casi no se puede fumar en ningún sitio, me ponía obligadamente en una posición de observadora. La famosa óptica del observador, esa desde la cual (Si nos damos el tiempo) podemos darnos cuenta que esta vida es una obra de teatro y todos estamos cumpliendo un rol, un personaje.

 

La mayoría de la gente se ha creído que es el personaje y corre a donde sea. A tomar el vuelo, a comprar comida, a pagar las cuentas, a subir al metroa retirar a los hijos del colegio, a por tabaco, al grupo para dejar el tabaco, a por las ofertas del “Black del orto”, a atragantarse con las uvas en Noche Buena o a casarse o a divorciarse. La gente corre. Corre y grita, se gritan.

 

No le estoy proponiendo a nadie que fume cigarros para ponerse en observador, nada más lejos. 

 

Solo estoy contando una historia. La mía.


(María Van)

 

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