“Soltera pa toa la vida” rezaba la canción de la película “Las cosas del querer”. Y ya siendo niña me sonaba muy lógico, me resultaba fácil ponerme en el lugar de la intérprete. ¿A quién se le ocurriría mutilarse la libertad con un marido o con hijos? No, no, no, no, no.

 

Yo trabajo apasionadamente en acompañar a las personas a ampliar consciencia, ponerse en duda, despertar, vivir en bienestar, pero… debo confesar que si, tenido hijos y pareja se hace complicado. Por eso mi trabajo con esos consultantes es doble y hasta triple. Personas que no saben quiénes son, a qué vinieron a este mundo, cuáles son sus pasiones… ufff… y con tanta gente alrededor será aún más difícil pero NO imposible.

 

¿Por qué?

 

No voy a hablar de otros hoy. Voy a hablar de mí.

 

Yo despierto a la hora que se me da la gana. Puede ser a las nueve de la mañana como a las doce del mediodía.

 

Desayuno agua con limón y bicarbonato de sodio para alcalinizar mi cuerpo en silencio. No quiero a nadie hablando de nada, cantando, ni ruidos de TV, ni nada de nada. SI-LEN-CIO. Y así, mirando la nada como perdida, esperando que mi cerebro despierte.  Menos estoy para hacerle el desayuno a nadie más, no entiendo que nadie desayune algo que no sea agua con limón y bicarbonato.

 

Al ratote un café, levantando lentamente la tapa de mi MacBook para revisar primero mi Whatsapp porque NO, no veo el celular en cuanto me despierto NI LOCA. Tranquilamente veo los mensajes, luego Facebook, luego los correos y escucho mi “Ana becoaj” mientras me levanto del escritorio para encender un incienso.

 

Viene el jardinero a veces, pasa el cartero, algún vecino se pasa con la música y generalmente cantan los pájaros que habitan en los árboles que rodean mi casa.

 

A veces salgo a hacer las compras antes de las doce, ya que vivo en un pueblo donde aún se duerme la siesta. Y si no llego no pasa nada, voy luego de las cinco o no voy y a la noche cenaré lo que haya, eso sí: que no falte “la sangre de Cristo”.

 

Hay días en que tengo yoga y yo misma le pido a la profe una clase temprano para luego tener el día libre. Es que, aunque me haga bien, TODO lo que no sea mi misión de vida para mí es un compromiso. Ya sea una clase de yoga, hacer compras, recibir al piletero o el cumpleaños de alguien, etc…

 

Entre semana trabajo con mi equipo con mucha libertad (o bastante) de horarios para todas. Cuestiones administrativas, consultas, dudas a resolver sobre los cursos, proyectos a futuro, temas de los consultantes, etc…

 

Como los días lunes mi principal co-equiper ha decidido tomarse el día libre yo vi la oportunidad en la crisis y aprovecho para revisar y corregir dos libros que tengo en el horno. Tranquila, muy.

 

Los sábados doy cursos, casi todos los sábados del año, desde las trece horas hasta… que termine, a veces quince horas y a veces más. Luego me anclo a Tierra y abro una cerveza y sigo trabajando en mis pasiones. Algunos domingos doy clases y lo mismo, lleven las horas que lleven. Yo puedo hablar por seis horas seguidas siempre que alguien quiera escuchar.

 

Si el domingo no hay curso y es verano, como ahora, me voy a la piscina (pileta o alberca) y ando como pato, que entro y que salgo, que entro y que salgo. Me encanta tirarme de cabeza (aunque me arruine el brushing) y nadar bien abajo tocando el piso hasta llegar al otro lado y salir saltando a respirar. Me tumbo al sol diez minutos y de nuevo al agua. En invierno leo disfrutando algunos de los deliciosos blends de té que mi amiga Flavia me regaló en mi último cumpleaños, estudio, escribo, duermo, me rasco mirando el techo…

 

Entre semana hago siesta religiosa desde las siete y media hasta las nueve, hora en la cual me dispongo a cocinar, me gusta cocinar. Mientras voy tomando una copa de vino (con hielo a muy pesar de mi padre) preparo con ganas lo que cenaré con mi madre que, a esa hora, aún está con sus últimos pacientes. JAMÁS enciendo la televisión. Escucho conferencias o las últimas noticias dedicadas a los que somos tachados de “conspiranóicos” y luego cenamos en paz.

 

En verano salimos ambas con copa en mano al jardín trasero a regarlo todo, sintiendo ese aroma a tierra mojada INIGUALABLE. Miramos las estrellas, la luna si se deja y dejamos que el aire nos despeine.

 

A eso de las once vamos subiendo, cada una a sus “aposentos”. Ella se duerme enseguida. Yo me quedo dos y hasta tres horas más. Estudiando hebreo, escuchando podcast, conversando con el universo mientras camino por la casa hasta sentir que necesito desmayarme en la cama y así, el insomnio en mi vida NO EXISTE.

 

Si revisara un día de mi vida, dos o tres, no encontraría espacio para eso que llaman pareja, ¿dónde entraría?

No, me sobra, no ha lugar. Menos hijos. No podría ser yo. Mi bienestar “aquí y ahora” se adulteraría por completo y no podría ejercer mis pasiones, por tanto, cumplir con mi misión como lo hago, un desastre, sería algo a medias, raro, choto (diría mi abuela).

 

¿Pero nada de hombres, María?

Bueno, bueno… ¿hombres o sexo? ¿cuál es la pregunta?

Sexo SIEMPRE podemos tener ya que nuestras manos llegan perfectamente a nuestra zona genital.

 

Ahora, si hablamos de un OTRO, bueno… esperen a la próxima semana y les cuento. Eso sí, les cuento sin censura con la condición de que atraigan una persona más que se una al menos un mes a la membresía.

 

LES ASEGURO QUE EN EL TRATO SALEN GANANDO USTEDES.

 

(María Van)

 

error: Contenido protegido !!!