María: Si yo siempre fui perfeccionista o exigente conmigo misma, yo hoy puedo decidir ser de otra manera.

¿Qué pasa con esto? ¿Cómo piensas que te afecta al día de hoy que tu papá haya sido más que exigente, invasor?

Consultante: Bueno, no estudiar no era una opción. Todas, las cuatro, tuvimos que estudiar y tener el título universitario. Bueno, yo es como que hace ya muchos años, no sé, como dieciocho años, que trabajo. Soy bioquímica, pero no ejerzo como tal en la mesada de un laboratorio, sino que trabajo para la industria. Trabajé en tres compañías multinacionales, las compañías multinacionales son terriblemente exigentes con sus empleados. Y ahora estoy en un punto donde estoy trabada porque estoy tan cansada de esta exigencia permanente, de vivir bajo una situación de estrés constante, de no tener tiempo para mí, de no tener tiempo para dedicarle a mis hijos y encima en el campo del área de la salud, con todo lo que estamos pasando, ya hace más de un año. Ya raya lo inhumano trabajar doce, catorce horas por día, no desconectarnos nunca.

Y bueno, y a mí me encantaría poder salir de este sistema, de la relación de dependencia, y trabajar de manera autónoma. Pero tengo terror, tengo terror…

María: ¿De qué?

Consultante: De que no me vaya… No sé, de que no me vaya bien, de que… De que no pueda sostener a mi familia. De eso, de que no pueda, de que no pueda, de que no podamos salir adelante, de que no podamos subsistir. Es como que estoy, digamos, presa… Bueno, agradezco el trabajo que tengo porque tengo un muy buen trabajo. Tengo todos los meses el sueldo depositado, tengo la obra social para mí y para mis hijos. Y bueno, si ya salgo de ese sistema como que tengo miedo de no poder tener y…

María: Bueno, vamos a empezar ya a patear el tablero éste porque yo no tengo mucha paciencia con estos cuentos que la gente se cuenta. Y ahí sí, ya me rebelo. Primero: “Tengo miedo de que me vaya bien”. Claro, porque es desconocido porque nunca te ha ido bien. Luego, ¿vamos a medir el que me vaya bien por lo económico? Vamos a seguir esclavos todos siempre si seguimos así. ¡Ojo con esto! Esos hijos que tanto…

Consultante: Bueno, pero hoy por hoy soy sustento en mi casa…

María: ¡Momento, momento que manejo yo! No me interesa que tu ego me responda nada. Lo voy a linchar, te aviso. Así que no lo dejes salir porque lo voy a linchar.

Soy sustento, soy sustento”. A ver, a tu ego le voy a hablar: ¿Quién carajo te crees que sos para ser sustento de qué? Acá el único que sostiene es el campo cuántico, es el Universo. Pero nosotros nos creemos que nosotros somos el sustento. ¿Y eso a qué nos lleva? A ser esclavos. Me estás diciendo que es desgastante trabajar doce horas por día. Si convivieras conmigo una semana te caerías desmayada. Yo estoy día y noche. Pero estoy apasionada con lo que hago. Y por supuesto que hay momentos en los que no tengo ganas. Me pasa dos veces al año, no más que eso. Y enseguida conecto y ya está. Me apasiona. Si yo me despierto a la mañana y alguien me dice: “¿Vas a poder ocuparte de tu misión? O de tu trabajo, para ponerlo de esos términos, ¡Pero doce horas nada más!” Me da una depresión. ¿Cómo doce horas nada más? Yo quiero estar todo lo que quiera. Y a veces empiezo a la mañana y son las cuatro de la mañana y estoy ahí buscando y canalicé una idea y a veces estoy durmiendo y me despierto canalizando una analogía para luego escribirla, para luego compartirla. Eso es vivir apasionada. Así debiera vivir cada persona.

¡Eso es vivir bien! Todo lo demás es una programación. “Salir adelante.” Escuchen todas las cosas a las que nos hemos acostumbrado, que escuchamos de niños y que repetimos:

Salir adelante, ganarse la vida”, como si no estuviéramos vivos. La vida ya la tenemos. Ser sustento. El concepto de ¿Cómo defino esto de que me ha ido bien? Si yo tuve hijos, que tanto me costó y que tanto quise, y he tenido poco tiempo para verlos. ¡Me fue mal! ¡Ese balance da mal!.

Acá nadie es tonto ni tonta. Acá caímos en una gran trampa en la que también cayeron nuestros padres y nuestros abuelos. Esto se viene maquinando hace muchas décadas. Caímos en esa trampa de entrar desde pequeños, cada vez más pequeños, a un sistema de adoctrinamiento con un solo fin: Que creamos que somos personas formadas porque fuimos al kínder, pero al primario, pero al secundario, pero a la universidad. Entonces nos lo creemos, porque yo fui a la Universidad. Yo me creía muy formada. ¿De qué se encargaron? De darme una porción mínima de información y aparte la cantidad de mentiras que hay en la historia que nos cuentan, en la geografía que nos cuentan. Bueno, ni hablar. Y que ya te consideres formada. No investigues más, ¿sí? Universidad, una sola versión de las cosas. Bien, y por otro lado, lo que más les importa es que nos acostumbremos a que hay horarios, a que hay fechas límites, a que hay fracaso o éxito. Y que siempre va a haber alguien al frente, que sea la autoridad y que sepa más que nosotros, en todos los niveles. Y como no les bastó con la Universidad, se inventaron los doctorados y los posgrados porque siempre, siempre, siempre, siempre sintamos carencia, sintamos que nos falta saber más, que no estamos preparados, que todavía nos falta.

Entonces hay que cuestionar. No se trata acá de que yo te couchee dos horas, hablándote del miedo y de que lo hagas y te conectes con la pasión. Eso lo hacemos después, primero es vaciarnos de lo viejo; es como tener un clóset lleno de ropa vieja y lleno de creencias. “No, no, esto no lo tiro porque si en algún momento falta. Esto está sanito, me va a servir.” ¡Es un suéter de 1984 que no se lo va a poner nadie!

Mi bisabuela, por ejemplo, tenía un cajón hermoso que íbamos con mis primas a revolver, donde tenía camisones de seda y ropa interior hermosa por si llegaba el día que la tenían que internar; es decir nunca la usaba. Con el bisabuelo usaba cualquier ropa; ni siquiera para ella nunca la usaba por si llegaba la tragedia. Entonces, imagínense, con mis primas teníamos ligado -gracias a la bisabuela y su creencia- que lo bello, lo bonito y lo caro estaba asociado a la tragedia. ¿Se dan cuenta inconscientemente como puede impactar? Entonces, ¿Se dan cuenta de la cantidad de cosas que nos tenemos que vaciar? Y es porque estamos muy repletos que no podemos dar esos pasos que sentimos en el alma. Porque lo que vos me estás contando es: “mi alma grita por otra cosa, mi ego está cagado de miedo y no se quiere mover”. ¡Hay cosas que las vamos a tener que hacer en la vida con miedo y todo!

Porque de eso se tratan las lecciones de esta vida. Pero podemos suavizar el impacto si primero nos sentamos, respiramos y empezamos a poner en duda de dónde saqué yo que yo vivo bien. Si la estoy pasando mal, si no puedo disfrutar de mis hijos, si vivo con miedo… ¿De dónde saqué yo que es un buen trabajo?

Esto también nos hicieron creer, que teníamos que tener además medicina privada y colegio privado. ¿Cómo puede ser? Estamos hablando de un país donde uno paga sus impuestos para tener salud y educación pública. Pero si uno llega a cierto nivel socioeconómico lo primero que hay que buscar es medicina privada y colegio privado.

¿El contrato no era que yo pagaba impuestos y entonces iba a tener colegio e iba a tener salud, iba a tener…? Bueno, o sea, venimos con gente que nos falla en la cara con los contratos y nosotros insistimos en seguir en el sistema. Pero del sistema uno no se libera tirando piedras contra ningún edificio público. Del sistema nos liberamos así como están ustedes, solitos en casa, empezando a ponerlo en duda, quitándole el poder desde uno. Ahí es cuando empezamos a salir, que ni se dé cuenta el sistema que me estoy saliendo, pero yo me estoy saliendo. Entonces, esto de que el trabajo, en ese trabajo me pagan todos los meses. Bueno, ¡menos mal! ¡Es lo mínimo! Encima vamos a agradecer que me pagan todos los meses.

Y ahí empezamos a comparar con la gente que ya está en desgracia: “Porque tengo amigos que hace seis meses le deben”. Entonces vamos ahí, a la carencia, a lo chiquitito, compararnos con el que menos tiene y siempre se puede estar peor. “Y comé, porque si no comés sabés que hay niños en África que no comen, vos comé”. “Pero no quiero esto. No me gusta, papá”. “Pero hay niños pobres que se mueren de hambre”. O sea, desde ahí empieza. Entonces yo tengo la suerte, en este escenario de Tercera Guerra Mundial, donde hay un virus que tiene horarios y vuela y nos mata… Y yo tengo la suerte de tener un trabajo. Y ahí estoy agarradito.

¡Eso no es vivir bien!

Si el 2020 no nos sirvió para darnos cuenta de que no hay ningún trabajo seguro, ¿qué más esperamos?

Si no estamos viendo que todo se está cayendo, que esas empresas de un día para el otro deciden que se van del país. ¡y ahí nos quedamos! ¿qué estamos esperando?

¡Y ojo! Siempre digo una cosa: no se enojen con el clan familiar, porque cuando yo les cuento esto de mi bisabuela, mi bisabuela… siempre digo muchas, muchas cosas que vivimos como mandatos negativos solamente y creencias limitantes. En su momento eran creencias que tenían toda la lógica. Si mi abuela vivió la carencia, la posguerra y cuando era pequeñita sólo se podía comprar una prenda buena. Y además, ir al médico era casi como ir a visitar a la monarquía porque ellos eran inmigrantes, se sentían ignorantes. Entonces para que el médico las tuviera en cuenta, bueno, había que ir limpio. Bueno, ¡está bien ir limpio el médico! (risas) Entonces, en la generación de mi bisabuela a esa creencia tenía un sentido, ¿sí? El tema es cuando la seguimos acarreando y ya hoy no tiene sentido alguno.

No se trata de ponernos a pensar “qué estúpidos fueron; ¿cómo se les ocurrió esto?” Esa parte no importa. Lo que importa es: “Yo acarreo esto. ¿De qué me sirve?”

(María Van)

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