A finales del año 2014 recibí un correo desesperado. Una mujer ecuatoriana me pedía que ayudara a su esposo que decía ya no querer vivir más.

Hacía un tiempo que yo ofrecía clases enseñando Ley de Atracción pero jamás me había encontrado con alguien en una situación tan límite. Los alumnos de diferentes partes de Latinoamérica me compartían sus deseos de atraer más dinero, una pareja, un divorcio, un embarazo, un nuevo emprendimiento comercial, etc… Nadie me había mencionado atraer el deseo de seguir viviendo.

Leticia me escribía desde Los Ángeles (California) de parte de Marie, una mujer boliviana que había asistido a mis clases de Ley de Atracción para divorciadas. Marie me escribió también por su parte adelantándome que su amiga me consultaría y que por favor la ayudara con su esposo, que yo seguro sabría decirle las palabras justas para que desistiera de morir.

Ambos correos llegaron el mismo día y me quedé paralizada largo rato luego de leerlos. Recuerdo mis piernas aflojándose y mi mente tratando de entrar en control. Recuerdo sentir un agotamiento profundo que no tenía nada que ver con las largas horas de trabajo sino con ese cansancio que genera la cabeza cuando se pasa de revoluciones. Recuerdo que dejé ambos correos sin responder, ya había aprendido a distinguir cuándo respondía mi Ser Interior y cuándo mi ego. Me recosté cerca de las siete de la tarde y simplemente pedí al Universo que me guiara en esa situación.

Cuando desperté, dos horas más tarde para cenar, seguía igual de desconcertada y tenía un nuevo correo de Marie preguntando si había recibido el anterior. Decidí enfocar mi atención en la preparación de la comida.

Para cuando terminé de cenar seguía sin saber para dónde ir con aquella situación. Me adentré en la noche profunda, leyendo sobre árboles genealógicos pero reconozco que me costaba enfocarme en el libro. Fui hasta la cocina, hice té, volví a subir y traté de nuevo con el libro. Nada. Dejé de resistir y solté pero de verdad. Me paré en medio de mi habitación, me anclé a la Tierra, cerré mis ojos y le pedí al Universo que me indicara de forma concreta si debía ayudar a ese hombre o no. Pero nada de confusiones, directivas concretas. Prácticamente estaba pidiendo un  o un no.

A la mañana siguiente nada nuevo sucedió. Comencé el día cerca de las once de la mañana, mi horario habitual para comenzar los días y me dije que debía responder a Marie y a Leticia. A Marie le dije que se quedara tranquila, que ya estaba en contacto con su amiga. A Leticia le pedí que me diera más datos sobre el estado de su esposo, si estaba en alguna clase de tratamiento psicológico, si había tenido intentos de suicidio y que me contara un poco más sobre los motivos que él expresaba para desear morir.

Una vez respondidos los correos mi ego quedó calmado y comencé a atender las clases que tenía para ese día. La respuesta de Leticia llegó más o menos veinticinco minutos después. No tenía paz. 

Leticia me contó con detalle la situación de Greg, su esposo. Me contó que ella lo había conocido hacía nueve años en una fiesta de cumpleaños, él era americano y estaba separado. Ella vivía en Estados Unidos desde su época universitaria y también estaba separada. Me dijo que enseguida conectaron y que a ella le encantaron sus ojos alegres. Greg trabajaba remodelando casas para revender y en su tiempo libre tocaba la batería. La crisis de venta de inmuebles había hecho que el trabajo de Greg bajara muchísimo y ahí fue, según Leticia, cuando él comenzó a deprimirse. También me contó que Greg visitaba a un psiquiatra una vez a la semana y estaba medicado para dormir y despertar, que ya no estaba tocando música y si bien hacía chistes cada tanto sus ojos ya no transmitían alegría. También me dijo que no había intentado suicidarse pero tenía armas en la casa y le había contado en momentos de profunda angustia de un sin sentido que lo tentaba a pegarse un tiro.

Cuando terminé de leer a Leticia mi alma saltaba como un perro encerrado por salir a hablar con él para ayudarlo de alguna forma y mi mente me preguntaba una y otra vez: “¿pero de qué forma?”

Comenzó a dolerme mucho la zona cervical pero insistí en seguir con las clases del día dejando de lado el correo de Leticia para responderle más tarde. Ya entrada la tardecita, en medio de una clase para un grupo de emprendedores jóvenes, decidí que no podía más. Las cervicales me estaban matando y ya tenía tomada la mitad de mi cabeza con un dolor insoportable. Pedí a todos disculpas y pasé la clase para otro día. Abrí mi correo y le escribí a Leticia diciéndole que iba a tener una sesión con su esposo pero con ella presente. Yo podía tener una conversación digamos… digna, en inglés pero hablar de temas tan delicados con alguien que tiene por único idioma el inglés complicaba mucho todo para mí. Di “enviar” al correo y me quedé vacía y sentada mirando la nada. De respuestas del Universo cero novedades.

Tomé un super calmante para la migraña y ni ganas de ponerme a reflexionar sobre qué emociones habían disparado semejante dolor, ¿hacía falta alguna explicación extra? Era mi ego pretendiendo controlar lo que solo debía fluir… Me fui a refugiar bajo la ducha, permitiendo que el agua caliente cayera en mi cuello mientras me repetía el único mantra que sabía por ese entonces: “La reputa madre que lo parió, la reputa madre lo parió, la reputa madre que lo parió…”

Mientras me secaba sentía cómo el calmante iba haciendo efecto y me permití ponerme en un lugar de victimismo profundo: ¿Por qué carajos me toca esto? ¿Cómo es que cuando más lo necesito no tengo ni una respuesta? ¿Se me cortó el cable? ¿En qué estoy vibrando que atraigo semejante caso? 

Tenía exactamente catorce horas hasta el momento de conectarme vía Skype con Leticia y su esposo Greg y yo aún sin guía del Universo. Eso me enojaba más. Con el impulso del enojo y la mejoría del dolor cervical decidí que no me iba a dormir, me iba a poner a acomodar los canastos con libros que esperaban hacía como una semana. Suelo tener esos caos con los libros. Ya no hay biblioteca que me venga bien entonces los tengo en canastos y cada tanto los saco y los reviso, los ordeno y los releo. Y como siempre tengo tres o cuatro nuevos que leo en simultáneo se me arman, lógicamente, quilombos con los libros.

Ahí estaba yo, limpiando meticulosamente mi colección de Isabel Allende cuando me dio un sueño fuerte. Dejé el caos hecho más caos y me fui a dormir.

Cuando desperté lo primero que hice fue mirar la hora en mi reloj de noche porque no, no duermo con celular al lado ni loca. Faltaban menos de dos horas para la cita con Leticia y Greg. El estómago se me hizo un nudo y reconozco que a esas alturas ya tenía más temor por el idioma que por la temática en sí de la sesión. Hasta pensé en llamar a mi querida amiga Sandra, quien había sido mi profesora de inglés, para que ayudara en la sesión. Pero ya cuatro personas hablando de un posible suicidio iba a ser más parecido a una comedia que a un drama. Descarté la idea. “No queda otra, María, a hacerle frente.”, me dije y así como me lo dije me fui corriendo al baño a vomitar lo casi nada que había cenado la noche anterior.

“Vómito… furia…” concluí mientras me enjuagaba la boca. Sí, furia con el Universo por no guiñarme ni un ojo.

Entre patadas contra los canastos de libros llegué a mi escritorio y encendí la computadora mientras me maquillaba un poco para que el pobre hombre no pensara que la depresiva era yo. Recuerdo perfectamente que tenía un labial a mano pero me faltaba el rímel y entre quejas me di vuelta para ir a buscarlo y ahí lo vi. No al rímel, al libro azul y dorado que estaba al tope del canasto de libros que tenía justo detrás de mi sillón. Un Curso de Milagros. Algo me pasó en ese segundo, no sé al día de hoy explicarlo. Creo que fue paz.

Me olvide del rímel y tomé el libro. Lo abrí y en la primera página decía mi nombre y el año: 2008. Siempre tuve la costumbre de escribir en la primera página de los libros que compro mi nombre y el año. Es cierto, yo había hecho este curso en el año 2008, cuando todavía creía que el dinero podía solucionarlo todo y por lo tanto yo solo tenía que dedicarme a trabajar más y más en mi empresa de aquel entonces. No pude evitar adentrarme en esos recuerdos que en 2014 todavía me generaban sentimientos encontrados. Recordando unas tardes de ski estaba cuando sonó la llamada de Skype de Leticia y me hizo volver al presente. Rechacé la llamada y le escribí que por favor me esperara dos minutos.

Comencé mi ritual de encender una vela, respirar profundo siete veces y anclarme a Tierra para no volarme canalizando. Hice la llamada con el libro sobre mis piernas, con toda certeza de que el cable no se había cortado, el Universo estaba asistiéndome.

Lo primero que vi fueron los ojos azules de Greg y sus mejillas gordas y rosadas. Estaba muy cerca de la pantalla tratando de activar el sonido. Leticia aparecía atrás, dándole respaldo. Me sorprendió la luz que la sonrisa de Greg emitía. La que se veía realmente mal era Leticia.

Comenzó la sesión con Greg explicándome que yo no tenía de qué preocuparme, que él iba a tratar de entenderme si tenía que decirle algunas palabras en español porque él había aprendido bastante español. Siguió contándome que había viajado a visitar a la familia de su esposa y con ellos había hablado mucho en español y además había aprendido una canción en español que me cantó acto seguido. Creo que habían pasado casi quince minutos de sesión y yo ni había hablado. Yo solo sonreía tratando de seguirle la corriente de entusiasmo pero sin desentonar con la cara de velorio de Leticia. Greg también me dijo que él quería mucho a Marie y que ella le había hablado de mí, que ella también le había enseñado sobre reiki y a él le interesaba mucho el reiki y aprender de la energía. Para ese entonces yo estaba confundida. No lograba concluir si el hombre estaba bien y su mujer era una exagerada o si el hombre estaba tan mal que negaba deliberadamente su tristeza. No lograba entender nada salvo una cosa: sí le entendía todo lo que me estaba diciendo en inglés. Eso me hizo sentir más seguridad para preguntarle sobre su motivo de consulta. Le pregunté por qué quería hablar conmigo, en qué creía él que yo podía ayudarlo. “Quiero saber más de la energía.” me dijo en inglés. Y ¡chan!, me quedé tiesa. Leticia cambió su cara de angustia por cara de enojada y lo regañó: “Dí la verdad”, le indicó a su esposo como si fuera un niño. Ese fue el momento en el cual le pedí a Leticia que nos dejara a solas, que estaba bien, que yo entendía lo que él me decía y si necesitábamos su ayuda la llamaríamos.

Leticia le dijo algo a Greg al oído y salió de la habitación. Greg se quedó mirándome pero sin sonreír tanto. No le di tiempo a hablar. Simplemente comencé a contarle, en el inglés que podía, todo lo que yo sabía de energía. Él se vía intrigado y hasta me hizo parar para ir en busca de un papel, quería apuntar cosas. Le expliqué sobre el Origen, las misiones y las distorsiones. Ya se habían pasado más de cinco minutos del corte de sesión y le dije que si él me lo permitía podía verle el aura. Sus ojos azules se abrieron como si fuera una caricatura. Me dijo que por favor lo hiciera y a modo de enganche le respondí que lo haríamos en la próxima sesión. Greg se entusiasmó al punto de pedirme el encuentro para el día siguiente. Le dije que era imposible, tenía clases, tendría que esperarme tres días más. Me regaló un ok.

Cuando corté la sesión me sentía satisfecha con mi inglés pero mojada de pies a cabeza, no por los nervios, había canalizado a un porcentaje que aún no podía gestionar adecuadamente. Ese día, luego de un baño, ofrecí algunas clases y casi no pensé en Greg. Me dormí temprano dispuesta a descansar al menos ocho horas pero cerca de las cuatro de la mañana me desperté. Me senté en la cama y sentí sed. Tuve que pararme a buscar agua y en el camino me encontré con él: Un Curso de Milagros. Seguí de largo, bajé a la cocina y acabé con casi un litro de agua. Con la panza hinchada volví a subir y claro, ahí estaba él. Me senté en la cama con el libraco y lo abrí en cualquier página:

“…las que puede contar en cualquier “emergencia”, así como también en los períodos de calma. En efecto, el resultado de esas ganancias no es otro que la tranquilidad: del fruto de un aprendizaje honesto, de un pensamiento congruente y de una transparencia plena. Esta es la fase de la verdadera paz, pues aquí se refleja plenamente el estado celestial. A partir de ahí, el camino al Cielo está libre y despejado y no presenta ninguna dificultad. En realidad, ya está aquí. ¿Quién iba a querer ir a ninguna otra parte, si ya goza de absoluta paz? ¿Y quién querría cambiar su tranquilidad por algo más deseable? ¿Qué podría ser más deseable?

Un Curso de Milagros – Página 12 del cuerpo Manual para el maestro

Yo comprendí todo. Ya no era alumna, me estaban poniendo en el lugar de maestra y estaba absolutamente lista para comenzar con Greg, mi primer alumno de Un Curso de Milagros. Un alumno que jamás olvidaré y que fue mi maestro en tantas cuestiones.

Luego de mi experiencia con Greg, me ofrecí como maestra de Un Curso de Milagros por mucho tiempo. Primero lo hacía en sesiones individuales y era muy ortodoxa en esta modalidad hasta que en las pascuas de 2018 una voz muy clara y firme me indicó que debía brindar el curso en grupos, que unas personas tenían las respuestas para las otras y viceversa. Al principio me negué y me enojé mucho con esa voz. Luego dejé de resistir y a regañadientes hice caso. Los grupos funcionaron maravillosamente y se generó una dinámica de amor que dio lugar a una tribu, LA TRIBU DE MARÍA VAN.

Ya hace un año casi que me he despedido de ese rol de maestra de Un Curso de Milagros, aunque nunca se deja de ser aluno o maestro de esta herramienta cuántica. Le agradecí al libro haberme enseñado tanto, haberme acercado a personas tan especiales y haberme dado el sustento. Decidí que ya tenía que desplegar mis alas, viajar a una isla perdida de Brasil a reencontrarme con mi cuerpo físico, escribir y volver a casa para darle espacio al curso que muchas personas esperaban: TRANSFORMAR LA RELACIÓN CON MAMÁ.

Llegó mi hora de rendirle un homenaje a ese libro que es, en verdad, una canalización brutal realizada por Helen Cohn Schucman, una mujer que se fue de este plano sin terminar de comprender el maravilloso trabajo que hizo para cambiar cientos de miles de vidas en todo el mundo. Una mujer a la que le debemos respeto y memoria por siempre. 

Esta canalización en forma de libro está cerca mío siempre, en mi escritorio sobre un atril de madera especialmente hecho a mano para sostenerlo. Cada tanto, cuando “me despiertan” cerca de las cuatro de la madrugada, voy directo a él, lo abro en cualquier página y obtengo la respuesta que esperaba. Es un curso que jamás termina y que cada tanto vuelvo a transitar. Nunca dejo de recomendarlo y HOY MÁS QUE NUNCA animo a todo con el que me cruzo que, en estos momentos de incertidumbre y miedo, repitan mentalmente día y noche:

HAY OTRA MANERA DE VER ESTO

Parte de la lección número 033. Lección en la cual Greg decidió que ya podía seguir solo. Y siguió, hasta el día de hoy, tocando su batería.

(María Van)